sábado, 24 de agosto de 2013

Dragones

       -Estás loco, los dragones ya no existen, se extinguieron cuando mi abuelo era joven.
       -Tu abuelo es un mentiroso, los dragones nunca existieron.- me dijo, y él no tenía idea que mi abuelo estaba detrás suyo.
       -No me llames mentiroso niño, yo vi a los últimos dragones del mundo, y al último hombre que los mato.
       -¿Ves?, te dije que si existieron, y mi abuelo conoce al último héroe que los mato.
       -Sí, fue el último que los mato, pero estuvo muy lejos de ser un héroe.
     “Era un pequeño huérfano, vivía en la calle y nadie sabía nada de él, ni siquiera sabíamos si tenía nombre, de donde venia, ni cuál era su historia. Todos los niños del pueblo se alejaban de él, no querían ser su amigo, e inventaban historias; algunos decían que había huido del circo que estaba en el pueblo; otros, que era de la gran ciudad, y que la guardia real lo perseguía; lo mas descabellado que hoy fue que en realidad era el príncipe, que quería ver cómo vivían los pobres. Lo único que realmente supe de el fue vivía en una vieja cabaña abandonada, y hacia cualquier trabajo por una moneda de cobre que le servía para comprar algo de comer día a día.
      Fue cuidando las ovejas de un señor que escucho las historias de la cueva al oeste del pueblo, que en esa cueva habían tesoros inimaginables, montañas de oro y plata, gemas tan grandes que podrías vivir dentro de ellas y piedras preciosas que jamás nadie había visto, todo esto custodiado por el ultimo de los dragones. Por ese entonces todos creíamos que eran solo patrañas. Pero él quería estar seguro, decidió ir a la cueva, y ver con sus propios ojos que había en ella, no sabíamos que le había pasado  realmente cuando fue, pero cuando volvió, tenía gran parte del cuerpo quemado, y no paraba de repetir que lo mataría, y se quedaría con su tesoro.  Después supimos que fue a la cueva, y al momento de pararse en la entrada una gran bola de fuego lo obligo a huir.  
       Dos años trabajo, dos años enteros, en los que junto cada moneda que gano, cada gota de sudor, solo parle una espada al herrero de la ciudad; pero era una buena espada, echa a la medida de su cuerpo aun sin terminar de crecer, con una forma extraña, con cintura, para no quedar atrapada al dar un golpe corriendo, “así simplemente se desliza” me dijo, aunque creo q solo quería que se pareciera al cuerpo de una mujer; y una pequeña hendidura en el mango, como para poner algo dentro de ella. Y así es como marcho, solo con su espada y nada más. No pude aguantar las ganas de seguirlo.
      Desde lejos vi como se acercaba a la cueva y recogía una piedra naranja, y esto fue lo que puso en ese espacio que tenía su espada; cuando hizo esto, se formo una extraña aura naranja en torno a él, y tiene que haber sido mágica, porque cuando el dragón salió y lo cubrió en una lluvia de fuego, es seguía ahí, de pie, como si nada estuviera pasando. Y así es como peleo, de igual a igual, frente a la bestia más grande que la humanidad haya visto; y en un momento de distracción, se trepo a este monstruo, y ya sobre él, le dio cientos de estocadas hasta que cayó derrotado. Estando en el piso lo vi acercarse a su cabeza y cortar un diente, su trofeo luego de la lucha frente al máximo de los rivales.
      
       Y en ese momento fue cuando todo cambio; ese, su momento de gloria máxima, después de derrotar al máximo enemigo entendió todo, lejos, ahí dentro de la cueva que tanto ansiaba librar de aquel demonio, una criatura diminuta, tan pequeña que no podrías imaginar en lo que terminaría al crecer, bueno, si hubiera podido crecer. Fue cuando empezó la pelea que el oso entro en la cueva, la madre estaba tan ocupada en defenderse de esta amenaza de dos piernas que no le pondría atención, una comida rápida y fácil. Esto fue lo que vio el pequeño niño, un oso devorando un dragón, no mucha gente puede decir eso. Pero no se sentía privilegiado, ya no se sentía lleno de orgullo ni gloria, ahora solo podía concentrarse  en esta pequeña criatura, indefensa, llorando a gritos, llamando a la madre que ya no volvería a levantarse nunca más, esa madre que lo protegió toda su vida, que lo mantenía bajo su ala; es extraño que un dragón te guarde bajo su ala, es mas cálido de lo que piensas; pero ese no era el caso ahora, ya no volvería a sentir su calor. Pero seguía gritando, seguía llorando auxilios, un grito tan fuerte y agudo que jamás podrás sacarte de tu cabeza.
       Si alguna vez has visto morir a una criatura lo entenderías, eso últimos momentos de vida, todo te queda grabado, no importa si es increíblemente horrible, no puedes dejar de mirar, guardas todo, como si esa vida que se extingue quisiera seguir adelante, incluso si es solo en tu memoria, cada tono de la sangre que emana de su cuerpo, cada expresión en su cara, y cada llanto de dolor; gritos desesperados llamando a su madre que no se volverá a levantar, que ya no puede defenderla, que ya nunca volverá a ver.
Ese es el llanto que este niño siguió escuchando por el resto de su vida, que fue solo un día más. Un solo día fue suficiente, o quizás no, fue solo un día para nosotros, pero realmente fue una eternidad para él, un sonido constante, un llanto, un grito de ayuda a una madre que no podía hacer nada; eso fue lo que lo mato, ese sonido.
        Lo encontramos dos días después, fui el primero en entrar a su casa, y no hay día en que no me arrepienta de haber sido yo el primero en verlo. Estaba sentado en el piso, con una piscina de sangre rodeándolo, tenía la garganta abierta y en su brazo se leía un “perdónenme” quemado con un diente de dragon al rojo vivo. Aun puedo sentir el olor a carne quemada, y siempre me da asco.”


domingo, 28 de julio de 2013

Poder

Y en ese momento,  nuestro héroe cae, el peso de las palabras de su enemigo es mayor que cualquier carga que sintiera antes. Lo atormentaba el darse cuenta que él, su rival, podía ver a través de él mejor que sus seres más cercanos. Ahora, esta es la parte en la que se vuelve confuso, cada persona que cuenta esta historia tiene su propia versión, y ahí el dilema; ¿Cómo sabrían si les digo la verdad o les cuento lo que yo quiero contarles? ¿Cuánto confían en mi palabra? Y eso también lo vuelve raro para mi, en este momento, si ustedes me dan su confianza seré Dios, y mis palabras cambiaran la historia. Vidas podrían acabarse o gente que nunca existió podría aparecer del aire, imperios enteros podrían derrumbarse e incluso podría haber nuevas estrellas en el cielo. Entonces, dime ¿Te gusta creer en los finales felices?

martes, 16 de julio de 2013

Humanidad



-Lo estás haciendo de nuevo, te estás perdiendo, estás dejando que te lleve, no puedes dejar que te controle.
-No sé de que estás hablando.
-Sabes perfectamente de que estoy hablando, necesitan tu ayuda y les das la espalda.
-Ellos me la dieron a mí primero.
-Fue un accidente, ellos nunca quisieron esto para ti.
-¿Entonces por qué no hicieron nada por evitarlo?
-No podían.
-Yo hubiera muerto por ellos, ellos no lo hubieran hecho por mí;  me dieron la espalda, en el momento en que más lo necesite, se alejaron, ni aun con mis gritos de auxilio volvieron a ayudarme, me dejaron ahí, solo, muerto. Ellos no me sacaron de ese edificio en llamas, no, me dejaron ahí para morir, y lo hice, fueron las maquinas las que me salvaron, ellas me trajeron de vuelta.
-Ellas no sienten nada, no te salvaron por cariño o amor, lo hicieron solo porque eres una variable necesaria en su ecuación, a ellas no les importas más que eso.
-Ahora soy parte de ellas, soy su mente, soy su alma, no me harán daño. Mi única amenaza ahora son ustedes.
-¿En qué momento los humanos empezamos a ser los enemigos?
-Desde siempre lo hemos sido, vi los registros de historia de las maquinas, evolución humana, civilizaciones tan grandes que abarcaban todo el mundo, guerras por pedazos de tierras, millones de muertes por enfermedades, los humanos estuvieron en guerra mucho antes de que las maquinas aparecieran; en guerra consigo mismos, por tierra, por religiones, por metales brillantes, los humanos han batallado desde siempre por exterminarse, las maquinas solo quieren lograr el único gran deseo real de la humanidad, lo que realmente añoran, es la extinción.
-¿Guerras entre humanos? De que diablos estás hablando, nadie asesinaría a su propia especie, son inventos de las maquinas, no puede ser verdad.
-¿Por qué me mentirían?
-Para ponerte en nuestra contra, para que olvides que eres un humano.
-Quizás ya no soy humano.
-Si solo pudieras ver en lo que te han convertido.
-Esto es lo que soy ahora.
-Aun puedes cambiar,  puedes ser humano.
-Nunca mires al pasado, ¿Recuerdas?
-Perdónalos
(GAS LIBERADO EN TODAS LAS SECCIONES)
-Nunca.
-Te amo.

lunes, 15 de julio de 2013

Ring

“-¡Quiero ser campeona!
-¡Deja de mentirme!
-¡No estoy mintiendo!- me duelen los brazos.
-¡Para! Sabes que estás mintiendo, si sigues esto no servirá de nada, ahora dime la verdad, ¿Qué quieres?
-¡Quiero ser campeona!- no puedo seguir colgada así mucho mas.
-¡No!
-¡Quiero ser campeona!- suéltate, suéltate, suéltate.
-¡No!
-¡Quiero ser campeona!
      Y caí, mis brazos no pudieron sostener mi peso más tiempo; una caída, ni la primera ni la última, pero la única que recuerdo. De esas caídas donde el tiempo se paraliza, o la mente funciona más rápido, no lo sé realmente; miles de pensamientos, ideas, pequeños y fugases momentos de reflexión, que solo llegan a conclusiones ya sabidas; como tirar una moneda para elegir, el momento en que está en el aire sabes lo que realmente quieres, eso era en ese momento, una moneda en el aire, tantas posibilidades y solo en ese momento de angustia puedes saber la verdad.
      Y entonces tu caída termina, y estas ahí en el piso, con alguien de pie a tu lado, preguntándote una vez mas “¿Qué quieres?”.
-Quiero ser más fuerte.
-Bueno, empezaremos por ahí.”

Uno. Dos. Tres.
-¿Que quieres?- me pregunta el entrenador desde fuera del ring.
     Y entonces recuerdo donde estoy, y que está pasando; recuerdo las luces, la campana, los jueces fuera del ring en su mesita con un mantel blanco perfecto. Cuatro. Recuerdo el olor a habano y whiskey; porque eso lo que fuman y beben los que tienen el dinero para pagar los primeros asientos. Cinco. Los gritos de la gente que está lejos del ring, sus carteles apoyándome, y los de otros odiándome. Seis. ¿Qué quieres? Siete. Tengo que levantarme y seguir.
    Me pesa la mano por el guante, la levanto y encuentro la cuerda, de ahí en adelante es fácil; rodilla al piso y con esa fuerza inexplicable de recordar tu objetivo me levanto; y el árbitro deja de contar en nueve.
   Párate frente al árbitro, levanta los puños hasta el pecho, míralo a los ojos, te pregunta si puedes seguir y le dices que sí como si tu cabeza no estuviera girando igual que si te hubieras tomado un tequila con gusano incluido; sigue la pelea.
   Levantar los puños frente a la cara, muévete de lado a lado, trata de esquivar hasta que el mundo deje de moverse, si puedes aguantar quizás puedas empezar a devolver algo y emparejar las cosas. Si puedes aguantar. Piensa en tus objetivos, piensa en tus seres amados, piensa en todo lo que has sacrificado, eso te da fuerza, eso te empuja, te impulsa, se la heroína de la historia, pelea.

   Me muevo, sigo esperando, el mundo deja de moverse y esperas un poco mas;  y ahí, en medio de todo el caos en tu cabeza, una ventana, un brazo más bajo que deja la sien abierta, un golpe duro ahí y harás caer a un gigante. Te mueves de nuevo y esperas, preparas el brazo y esperas, y ahí aparece la ventana, y vas por el golpe.
-¿Qué quieres?-
  Quiero ganar, quiero salir con un cinturón que dice que soy mejor que las demás, quiero ser más fuerte.
  Y arriesgaste todo en ese golpe, matar o morir, y cuando la esperanza de alcanzar el triunfo brota; matar; un simple movimiento hacia atrás quema todo lo que anhelas; un paso hacia atrás, nada más, un maldito paso hacia atrás. Y cuando fallas quedas completamente vulnerable; morir;  un flanco entero abierto, lo suficiente para que veas el golpe venir y no puedas hacer nada por evitarlo, una premonición instantánea, tu derrota acercándose  lentamente.

  Cuando llega el golpe sabes que ya no queda nada que hacer, caes como un saco; eso es lo peor, la caída, tan lenta que desespera tu mente. No puedes hacer nada,  déjate caer, al menos así crees que tienes algo de control. Y  miles de reflexiones pasan por tu mente, que pudiste hacer mejor, que no debiste hacer, como las cosas pudieron haber sido. Pero ya estás en el piso,  escuchas al árbitro contando, y una vez más -¿Qué quieres?- desde fuera del ring.
Siete.
-Quiero ser más fuerte.
Ocho.
-Se mas fuerte
Nueve.
-No puedo, no soy la heroína.
Diez y la pelea termino.